EL “PUNCH” DE LA ENTREVISTA

La entrevista hizo que me adentrara en un ring de boxeo. Y créanme, fue una bonita velada en Las Vegas. Parecía que combatían Pacquiao y Mayweather pero, en esta ocasión, los dos se hacían con el cinturón de campeón. A la izquierda, el periodista tenía la situación controlada. Él lanzaba las preguntas como poderosos derechazos. En la batalla dialéctica era el rey. Sabía que podía hacerse con el combate por los puntos en caso de no lograrlo por la vía del cloroformo. A la derecha, un valiente y aguerrido púgil llamado entrevistado tenía una única meta: llegar hasta el último asalto con vida. Sabía que pocos apostarían por él, pero un boxeador siempre da la cara. “Romper la guardia del entrevistado produce un placer lujurioso comparable con la seducción cuando el entrevistador se rinde a la inteligencia contraria sin condiciones”, dijo el genial profesor J.L Peñalva. El combate estaba más reñido de lo que parecía. Era evidente que los dos iban a ganar.

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